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Ben Waine: De Port Vale al Mundial 2026

En un Mundial en el que cada jugador arrastra su propia odisea, la de Ben Waine no empieza en un gran estadio ni en una noche de focos. Empieza fuera de una convocatoria de Port Vale, lejos del césped, todavía más lejos de lo que Gianni Infantino vende como “104 Super Bowls” comprimidos en un solo torneo.

“Ha sido una temporada dura. No voy a mentir”, admite en Sky Sports. Hubo semanas en las que ni siquiera se cambiaba. Ni banquillo. Nada. Para un delantero de 25 años, recién llegado a Inglaterra y con el sueño del fútbol europeo aún caliente, aquello dolía. Mucho.

Pero ese vacío se convirtió en laboratorio. Horas de trabajo en silencio, repitiendo gestos una y otra vez con el técnico individual Simon Ireland. “Literalmente, cada día trabajábamos uno o dos tipos de remate, solo centrados en la técnica”, cuenta. Era casi obsesivo: el mismo movimiento, el mismo ángulo, hasta que el cuerpo lo hiciera sin pedir permiso a la cabeza.

Port Vale acabó descendiendo, pero Waine logró darle un giro personal a un año áspero. Ocho goles y uno que se quedó clavado en la memoria del club: el tanto de la victoria ante Sunderland en la FA Cup, en marzo. Un cabezazo que resumía todas esas tardes de repetición y correcciones. “Hizo la temporada un poco más llevadera”, reconoce.

El gol no nació en el área. Nació en la mente. “Se trataba de encontrar esa calma, ese remate al que pudiera ir sin pensar, que se volviera instinto. Me dio un propósito real. Sabía hacia qué trabajaba. Incluso cuando las cosas iban mal, tenía eso. Me ayudó a relajarme un poco más”.

La ansiedad de agradar le jugaba en contra. “Como estaba tan desesperado por hacerlo bien, estaba acelerando las acciones delante de la portería”. De ahí la insistencia en la técnica, en el gesto puro. Paradójicamente, el tanto decisivo llegó con un cabezazo bombeado, cruzado, sobre el portero del Sunderland. Justo la acción que había visualizado tantas veces.

“El segundo ejercicio de finalización no lo hacíamos tanto, pero yo lo visualizaba mucho fuera del campo. Y el único gol que había imaginado de verdad fue ese contra Sunderland, ese cabezazo como en globo hacia el otro lado del portero. Lo había visualizado”. La trayectoria del balón, el giro del cuello, el envío al palo largo. Todo estaba ya archivado en su cabeza.

No parece el típico remate que se trabaja cuando se habla de golpear el balón, pero el concepto era el mismo: atacar el espacio contrario al movimiento del guardameta. “Esa acción de ir hacia el otro lado del portero sí la habíamos trabajado y se volvió más natural. Fue muy bueno ver cómo salía”.

El momento lo remató con un guiño a casa. Su familia es hincha del Newcastle, así que Waine celebró frente a la grada de Sunderland con el mítico gesto de Alan Shearer: brazo alzado, carrera hacia la esquina. “Fue increíble. Nunca había visto el estadio así. Estaba absolutamente botando”, recuerda.

Ese cabezazo fue uno de los ocho goles que firmó con Port Vale, símbolo de un cambio de dinámica que él mismo resume con una frase sencilla: volvió a disfrutar del fútbol. “Suena tonto, pero volví a disfrutar jugando”, confiesa. No era poco después de un aterrizaje en Inglaterra que le había sacudido fuerte.

Waine dejó Wellington Phoenix para fichar por Plymouth Argyle en enero de 2023. El salto a League One ya suponía un reto enorme. No tanto por lo técnico, sino por el ritmo, por los choques, por la crudeza del juego. “Sabía que el salto a League One sería grande. No en lo técnico, sino en intensidad y físico, la adaptación fue enorme”. Y cuando por fin empezaba a asentarse, llegó el ascenso.

Plymouth subió al Championship y la montaña se hizo aún más empinada. “Tienes esta promoción increíble y de repente estás jugando en Championship. Casi llegó demasiado rápido”. Aun así, dejó su huella: marcó un par de goles en la categoría, uno de ellos en Elland Road ante Leeds United. No bastó para consolidarse.

Buscando minutos, salió cedido a Mansfield. No funcionó. “Simplemente no salió nada bien”. Sin continuidad, sin ritmo, sin escaparate. El camino fácil estaba claro: volver a casa, a Nueva Zelanda, a un entorno cómodo. No lo hizo. “Me prometí que, por muy duro que se pusiera, no iba a volver. Habría sido la opción fácil. Aguanté y he salido de todo esto siendo mejor jugador y mejor persona”.

Hoy la recompensa tiene forma de Mundial 2026. No es una invitación simbólica. Es una oportunidad real.

Waine no es nuevo en las grandes citas: ha jugado dos Juegos Olímpicos con Nueva Zelanda. Recuerda con brillo en los ojos aquel duelo ante Francia en el Stade Vélodrome. “Fue un partido increíble para formar parte de él”. Pero sabe que el Mundial es otra dimensión. “Va a ser un nivel más arriba”. Otra velocidad, otro ruido, otro tipo de presión.

La selección neozelandesa ya ha probado ese listón en la preparación. Waine marcó en un 4-1 ante Chile en marzo, pero los All Whites también han encajado derrotas ante Colombia, Ecuador, Finlandia, Haití y más recientemente Inglaterra. El salto competitivo se nota. Y se paga. “Hay que entender que cuando subimos el nivel de los rivales no podemos esperar que los resultados sean perfectos. Hemos tenido que ajustarnos mentalmente”.

En su caso, el ajuste podría ser también de posición. Waine se define como “un nueve de carrera”, un delantero que vive de presionar arriba, atacar el espacio, castigar a la espalda de las defensas. Pero delante tiene a Chris Wood, el gran referente del país, máximo goleador histórico de Nueva Zelanda. Nadie le va a mover del centro del ataque.

Ahí entra en juego Port Vale de nuevo. Allí Waine empezó a abrirse a otros roles: izquierda, derecha, mediapunta. “Al principio estaba un poco dudoso, pero ahora lo veo como algo muy positivo. Se sintió muy natural. Estoy jugando por izquierda, por derecha y por el medio. Añade otra dinámica, y eso debería ayudar a mi caso”. Cuantas más posiciones pueda ocupar, más difícil será dejarle fuera.

De Wood ha aprendido una lección que vale oro en un Mundial: la paciencia. “Como delantero, puedes tocar apenas el balón en todo el partido, pero cuando llegue esa ocasión, más te vale aprovecharla. Él ha demostrado una y otra vez que puede hacerlo”. Un disparo, un cabezazo, una aparición tardía. Un instante que cambia un torneo.

Waine sueña precisamente con eso. Una ocasión. “Va a estar esa oportunidad de ser el héroe. Solo quieres ese momento”. Nueva Zelanda se medirá a Irán en su estreno, después a Egipto y cerrará la fase de grupos ante Bélgica. No figura entre las favoritas. Tampoco se hunde en un grupo imposible.

Su reacción al sorteo fue directa. “Mi primer pensamiento fue que realmente tenemos una oportunidad aquí. Todos nos ven como los ‘underdogs’, pero queremos aprovechar la oportunidad que tenemos delante. Queremos lograr nuestra primera victoria en un Mundial y queremos pasar de la fase de grupos por primera vez en la historia”. No hay medias tintas en el objetivo.

En el plano más terrenal, sabe que la camiseta de Mohamed Salah será un tesoro muy cotizado. “Supongo que habrá unos cuantos tirando de galones”, bromea. Pero hay un botín mayor en juego: un momento que quede grabado para siempre. Una jugada, una celebración, una imagen que recorra el planeta.

¿Reaparecerá el saludo de Shearer en pleno Mundial, esta vez ante Bélgica o Egipto? Waine se ríe. “Puede que vuelva”. Si lo hace, significará que algo grande ha pasado.

Su plan es simple y brutalmente exigente: exprimir cada gota de su potencial. “Sacar lo máximo posible de mi potencial”. Después de “muchos altibajos”, como él mismo define este viaje desde Wellington a la élite, se ha colocado otra vez frente a la puerta correcta.

Ahora ya no se trata de imaginar el cabezazo perfecto en la soledad de un campo de entrenamiento vacío. Esta vez, el remate que ha visualizado durante años podría llegar con el mundo mirando. Y entonces, como aprendió de Chris Wood, solo quedará una opción: acertar.