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Egipto elimina a Australia en penaltis: Salah entre lágrimas

Egipto sobrevivió a un partido áspero, a un empate sufrido y a una tanda de penaltis de nervios de acero para derribar a Australia y alcanzar una histórica clasificación mundialista. Al final, la imagen lo dijo todo: Mohamed Salah, 34 años, lágrimas en los ojos, abrazado por sus compañeros mientras los Socceroos se desplomaban sobre el césped.

Tony Popovic había jugado su última carta antes de los penaltis: sacó del banquillo al veterano Mathew Ryan para la tanda, un movimiento desesperado, casi de entrenador de play-off, buscando experiencia en el momento de mayor presión.

Un inicio que golpeó a contrapié a Australia

El escenario imponía: 70.000 espectadores, aire acondicionado a tope en la casa de los Dallas Cowboys, y un Egipto siete veces campeón de África dispuesto a demostrar oficio. Australia, que solo había marcado dos goles en la fase de grupos, sabía que no podía permitirse otra noche tímida de cara al arco.

El primer aviso, sin embargo, fue oceánico. Con menos de cinco minutos jugados, Cristian Volpato, el chico que cambió Italia por Australia justo antes del Mundial, sacudió el larguero con un disparo brutal. Sonó metal, no gol. Y ese detalle acabaría pesando.

Porque el que golpeó primero fue Egipto. Algo contra la dinámica del juego, pero con una precisión quirúrgica. Nestory Irankunda perdió la marca en el segundo palo y Emam Ashour, completamente liberado, cabeceó a la red un centro tenso de Karim Hafez. Minuto 13, segundo gol del torneo para Ashour y 1-0 que encendía a la grada egipcia.

El tanto dejó a Australia en una posición incómoda: obligada a atacar, sin costumbre ni colmillo. Su primera ocasión clara no llegó hasta diez minutos antes del descanso, cuando Aziz Behich conectó un disparo flojo que Mostafa Shoubir atajó sin problemas. En la portería egipcia, apellido ilustre: su padre, Ahmed, ya había defendido ese mismo arco en un Mundial en 1990.

La primera parte se fue en una batalla física, cortada, con Salah casi desaparecido. El astro egipcio, tocado por una lesión muscular en el duelo anterior, apenas dejó destellos. El ritmo lo marcaban los choques. Y Australia salió perdiendo en uno de ellos: Jordan Bos, uno de los futbolistas más rápidos del torneo, acabó en el suelo tras una dura entrada aérea de Rabia. Se marchó ayudado por los médicos y Popovic se vio obligado a cambiarlo al descanso por Kai Trewin. Un golpe más a la estructura australiana.

El empate, a base de músculo y balón parado

Nada más arrancar la segunda parte, Egipto tuvo en sus pies el 2-0. Omar Marmoush, atacante del Manchester City, se encontró con la ocasión perfecta, a bocajarro. Pero cruzó demasiado el remate y la pelota se perdió junto al poste. Era el tipo de jugada que marca un cruce.

Ese fallo dio vida a Australia. Y el partido se inclinó hacia lo que el técnico egipcio temía: un duelo físico, de duelos, de balones colgados. El aviso lo había dado en la previa. No se equivocó.

En una falta lateral, con el área abarrotada, llegó el castigo. Centro cerrado de los Socceroos, salto al límite, presión al máximo… y Mohamed Hany, superado en el forcejeo, terminó cabeceando a su propia portería. Segundo autogol de su torneo, empate y un giro emocional enorme. Australia, que apenas había generado peligro en juego abierto, se agarraba al Mundial desde la pizarra y el músculo.

El 1-1 destensó a los oceánicos y encogió por momentos a Egipto. Salah seguía en la periferia del partido, lejos del brillo habitual, mientras Patrick Beach, el guardameta australiano, respondía cuando más quemaba el balón. En el añadido del tiempo reglamentario voló para negar el gol a Ramy y empujar el choque a la prórroga.

Prórroga, sufrimiento y la sombra inevitable de los penaltis

Egipto terminó los 90 minutos con más piernas y más intención. Llegó mejor al tiempo extra y lo demostró pronto: Salah, esta vez sí con espacio, se acomodó el balón en su pierna derecha, la menos buena, y probó desde la frontal. El disparo se marchó muy por encima. Un síntoma claro: la fatiga pesaba, las decisiones ya no eran tan finas.

Las ocasiones se diluyeron. Lo que crecía era la sensación de que nadie se atrevía a cometer el error definitivo. Cada balón dividido se disputaba como si fuera el último, cada saque de banda se jugaba con pausa de ajedrez. El reloj corría hacia lo inevitable: la tanda.

La ruleta de los once metros y el desenlace más cruel

Con el tiempo extra agotado y sin nada que los separara, llegó el cara o cruz. Popovic movió ficha: Mathew Ryan, héroe de mil batallas, entró solo para los penaltis. Una apuesta clara por el peso del vestuario y el historial.

El contexto no ayudaba a Australia. La tanda se lanzó hacia el fondo ocupado por los aficionados egipcios, un muro de ruido, silbidos y banderas. Y el primer golpe psicológico fue brutal.

Harry Souttar, central, referente, abrió la serie. Y la mandó a las nubes. El balón salió por encima del travesaño, y con él, parte de la confianza australiana.

A partir de ahí, precisión casi absoluta. Cinco lanzadores seguidos acertaron, incluido Salah, que esta vez sí se adueñó del foco. Carrera corta, pausa mínima, definición fría. Un penalti de futbolista que ha vivido demasiadas noches grandes como para temblar.

Australia se mantuvo viva hasta que le llegó el turno al joven Lucas Herrington. Solo 18 años, defensor, un mundo sobre los hombros. Ejecutó con potencia, pero el balón besó el larguero y salió despedido. Otra vez el sonido metálico, esta vez con un coste devastador.

La puerta quedó abierta para Egipto. Abdelmaguid tomó el balón, respiró hondo y no falló. Ajustó el disparo, batió a Ryan y desató la locura. Clasificación sellada, Salah derrumbado de alegría, Australia rota, consciente de haber rozado una gesta que se escapó por centímetros.

Egipto, que en la fase de grupos había celebrado su primera victoria en un Mundial ante New Zealand, ya sabe lo que es ganar también a vida o muerte. Lo ha hecho desde el sufrimiento, con su estrella a medio gas, con un portero heredero de una saga y con un grupo que empieza a creer que esta vez el techo puede estar un poco más arriba.