El Tri: entre la maldición y la esperanza
La presión sobre México no se mide en puntos ni en porcentajes. Se mide en décadas. En eliminaciones en octavos. En esa sensación repetida de que el Mundial empieza a ser de verdad justo cuando para El Tri se acaba. Esta vez, el mínimo es innegociable: salir del grupo. Hacerlo como líder, casi una obligación moral para intentar esquivar a los gigantes hasta los cruces de alto voltaje.
El país entero mira a esta selección con una mezcla de cansancio y fe. Ya no alcanza con competir. Hay que romper la maldición.
Un equipo entre generaciones
México llega con una mezcla calculada: experiencia curtida y juventud que irrumpe desde las selecciones menores. En el corazón de la defensa, dos nombres sostienen buena parte del plan: Johan Vásquez y César Montes. Firmeza, lectura del juego, jerarquía. A partir de ellos se construye un equipo que quiere ser sólido antes que espectacular.
En el medio, las responsabilidades se reparten. Álvaro Fidalgo, cerebro y metrónomo. Obed Vargas, la energía nueva, el chico llamado a dar un salto en un escenario que no perdona errores. Y por encima de todos, el brazalete: Edson Álvarez, que llega tras una temporada castigada por las lesiones, pero que sigue siendo el eje emocional y táctico del grupo.
Las ausencias pesan. Nombres que hace no tanto parecían intocables, como Diego Lainez o Chucky Lozano, se han quedado fuera. Decisiones que alimentan el debate eterno alrededor de la selección, pero que marcan con claridad el cambio de ciclo.
El último baile de Javier Aguirre
En el banquillo, un viejo conocido. Javier Aguirre vuelve a asumir el papel de bombero, de líder de transición, antes de ceder el testigo a su asistente Rafa Márquez al término del torneo. Es su tercera etapa al frente del equipo nacional, después de dirigir en los Mundiales de 2002 y 2010. Sabe lo que significa vivir con el país encima.
Aguirre llega con un palmarés que impone respeto —dos Copas Oro—, pero también con una etiqueta que no se despega: técnico pragmático, conservador, poco dado a los fuegos artificiales. Sus convocatorias y su estilo de juego suelen ser blanco fácil de la crítica, sobre todo para una afición que exige espectáculo además de resultados.
Fiel a su costumbre, ha vuelto a mirar de frente a la Liga MX. Incluso antes de que terminara el torneo local, ya tenía a 12 jugadores trabajando en la concentración preliminar. Más tarde se sumaron los que militan en Europa y otras ligas, pero la columna vertebral sigue teniendo un fuerte acento doméstico.
Raúl Jiménez, el faro a los 35
Arriba, México presume cantidad, pero no discusión. Ningún atacante le disputa el rol de referencia a Raúl Jiménez. A los 35 años, el delantero de Fulham se mantiene como la gran figura ofensiva, respaldado por los números: en los dos títulos conquistados por México en 2025, firmó nueve de los 22 goles del equipo. Casi la mitad. Una dependencia que asusta y tranquiliza al mismo tiempo.
Será su cuarto Mundial. Y, probablemente, el último. El peso del ataque cae sobre sus hombros en un momento en el que Santiago Giménez llega tocado anímicamente tras una temporada complicada con AC Milan. Si Jiménez se enciende, México crece. Si se apaga, el escenario se oscurece de golpe.
Ochoa, la leyenda que vuelve
Detrás, una figura que parecía ya parte del pasado reciente vuelve a tomar protagonismo. Guillermo Ochoa, el arquero de los reflejos eternos, estaba prácticamente fuera del radar de la selección. Pero la lesión de Luis Malagón le abrió otra vez la puerta de par en par.
Si se confirma su presencia bajo los tres palos, Ochoa alcanzará un registro histórico: su sexto Mundial consecutivo. Un hito que lo pondrá a la altura de Lionel Messi y Cristiano Ronaldo en esta misma edición. No es un detalle menor. Es la confirmación de una carrera que se ha cruzado con varias generaciones de El Tri y que todavía se resiste a bajar el telón.
Gilberto Mora, el chico que puede cambiarlo todo
Y entonces aparece un nombre que rompe el guion. Gilberto Mora. Diecisiete años. Un creador de juego que llega sin el peso del pasado, pero con el futuro entero sobre la mesa. Vuelve tras una lesión que lo dejó fuera de buena parte de la temporada de Liga MX con Tijuana, y aun así se habla de él como de la gran esperanza creativa del fútbol mexicano.
Mora es un mediapunta de los que casi no se ven: visión, último pase, descaro en los metros finales. Ya está derribando récords de precocidad y despertando el interés de varios gigantes europeos, que preparan su ofensiva para llevárselo al otro lado del Atlántico. Cada minuto suyo en este torneo será observado con lupa, dentro y fuera del país.
En una selección que a menudo sufre para generar ocasiones claras de gol, su presencia puede ser decisiva. Si encuentra espacios, si se suelta, puede encender a un estadio, a una selección, a un país entero.
México llega otra vez al borde del mismo abismo de siempre: la barrera de los octavos de final. Entre la experiencia de Jiménez y Ochoa, la solidez de su columna vertebral y la chispa de Mora, se esconde la respuesta a una pregunta que persigue a varias generaciones: ¿será esta, por fin, la vez que El Tri rompa la maldición?






