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Inglaterra enfrenta a DR Congo: el tercer capítulo del Mundial

Thomas Tuchel ya ha puesto título al momento: “el tercer capítulo”. El de la verdad. El de los errores que ya no se corrigen al siguiente partido, sino que te mandan a casa. Inglaterra entra en el cruce de octavos de final de este Mundial con la sensación de misión cumplida… y con demasiadas alarmas encendidas como para dormir tranquilo.

El rival, DR Congo, espera en Atlanta este miércoles (17:00 BST), bajo el techo cerrado y el aire acondicionado del futurista Atlanta Stadium, un respiro bienvenido ante el calor brutal de la ciudad. El contexto, sin embargo, es sofocante: este está siendo el Mundial de las sorpresas, el torneo que ya ha tumbado a gigantes y que no perdona la más mínima distracción.

Un relato en tres actos… y un abismo

Tuchel ha dividido su aventura en una especie de novela por entregas. El primer capítulo fue el campamento de preparación en Miami, el laboratorio donde se diseñó el asalto a la Copa. El segundo, la fase de grupos: primero de grupo en el Grupo L, pero sin enamorar. Triunfos ante Croacia y Panamá, y un tedioso 0-0 contra Ghana que dejó más preguntas que respuestas.

Ahora llega el tramo en el que cada página puede ser la última. Eliminatorias directas. Un mal día, una mala decisión, una lesión más… y se acabó el relato. El propio seleccionador lo sabe: a partir de aquí, cada alineación es una apuesta de alto riesgo.

Una defensa sin red

Hay un punto débil que ya huele a obsesión: la defensa. Todo el mundo lo ha visto. Los rivales también.

Wayne Rooney lo resumió sin rodeos en BBC Sport: el área del campo donde más estabilidad necesitas es la del portero y la línea de cuatro, y esa estabilidad no ha existido. Jordan Pickford se mantiene como pilar indiscutible bajo palos, pero lo que tiene delante cambia demasiado.

Las dudas venían de lejos. Tino Livramento se cayó incluso antes de que empezara el Mundial. Reece James llegaba con un historial de problemas musculares que convertía cualquier sprint en una ruleta rusa. La lesión de James contra Croacia, por mucho que sorprendiera a Tuchel, no pilló desprevenido a casi nadie más.

El golpe se hizo todavía más duro cuando Jarell Quansah, su sustituto natural, también cayó ante Panamá. Resultado: para el duelo frente a DR Congo, no hay ni James ni Quansah. Tuchel lo explicó así: “Se están acercando, Jarell va un poco por delante de Reece, pero la carrera está ajustada”. La realidad es más cruda: Djed Spence es el último lateral derecho puro en pie.

La otra opción pasa por mover piezas: Ezri Konsa podría desplazarse a la banda y abrir la puerta al regreso de John Stones al eje. Pero ahí aparece otro problema. Stones, a sus 32 años, solo disputó cinco partidos de Premier League antes de salir de Manchester City al final de la pasada temporada. James, por su parte, apenas llegó a los 20 encuentros con Chelsea. Demasiado poco rodaje para un Mundial que no perdona la falta de ritmo.

Tuchel ha apostado fuerte por defensas versátiles, laterales que puedan cambiar de banda, centrales capaces de ocupar el carril. Sobre el papel, una idea moderna, adaptable. En la práctica, un rompecabezas que hoy le deja sin especialistas en una zona crítica. Si al final aparece Brasil en unos hipotéticos cuartos de final en Miami, con Vinicius Jr encarando por la izquierda, ese tipo de inventos se paga caro. Para ese duelo, se necesita un lateral de oficio, no un parche.

El rompecabezas del once

La zaga ha sido un carrusel. Ante Croacia, Tuchel arrancó con Stones y Konsa en el centro de la defensa en el 4-2 de debut. Después, cambió: Konsa y Marc Guehi, con Stones fuera del once. Cada variación tiene explicación —gestión de minutos, estados físicos, ajustes tácticos—, pero el efecto acumulado es evidente: no hay una línea defensiva reconocible, ni automatismos sólidos.

En el resto del campo, las decisiones tampoco son sencillas. Bukayo Saka, por ejemplo, recibió su primera titularidad del torneo frente a Panamá. Duró 63 minutos, cuidando un problema en el tendón de Aquiles que obliga a medir cada esfuerzo. Tuchel debe decidir si arriesga de inicio contra DR Congo o si se guarda una bala para más adelante.

El técnico fue claro en rueda de prensa en Atlanta: “Sabemos que estos son los momentos en los que tenemos que encontrar la manera de ganar. Hay que cavar hondo y jugar al máximo nivel”. Luego añadió algo que pesa como una losa: “Somos los favoritos. Jugamos contra nuestras propias expectativas. Esperamos ir más allá de los octavos, así que, ¿por qué el público no iba a esperar lo mismo?”.

La presión no viene solo de fuera. Viene del propio vestuario.

Rice, la pieza que no se puede romper

Entre tantos cambios, una certeza: Declan Rice es irremplazable. Tuchel lo entendió a tiempo. Con la clasificación asegurada, dejó al mediocentro de Arsenal en el banquillo ante Panamá. Tenía una amarilla, arrastraba molestias en el isquiotibial y, para colmo, había recibido un golpe en el gemelo contra Ghana. No era el momento de tentar a la suerte.

Lo que ocurrió sin él sobre el césped fue revelador. Inglaterra ganó, sí, pero concedió 13 disparos a una Panamá que encontró demasiadas autopistas para salir al contraataque. El equipo se partió. Elliot Anderson se vio desbordado en el centro del campo, obligado a tapar huecos imposibles mientras Jude Bellingham y Morgan Rogers volaban hacia arriba.

La apuesta ofensiva tuvo premio, pero dejó una conclusión nítida: sin Rice, Inglaterra es un equipo mucho más vulnerable. Si esta selección quiere levantar la Copa del Mundo, necesita a su mediocentro en plenitud. Necesita su lectura del juego, su capacidad para barrer por delante de una defensa frágil, su primer pase, su peso en la creación y, también, su golpeo a balón parado.

Rice no solo protege. También construye. Le da sentido al juego y equilibra a los que arriesgan. En un torneo en el que cada detalle puede decidir, perderlo sería un lujo que Inglaterra no puede permitirse.

Un Mundial que castiga a los confiados

Si alguien en el entorno inglés pensaba que los octavos serían un trámite, los resultados de los últimos días han borrado cualquier atisbo de complacencia. Alemania cayó en los penaltis frente a Paraguay, un terremoto que ha puesto en jaque el puesto de Julian Nagelsmann, con un poderoso sector de opinión empujando ya el nombre de Jürgen Klopp.

Los Países Bajos siguieron el mismo camino ante una Marruecos brillante. La derrota provocó la dimisión de Ronald Koeman en menos de 24 horas. Dos gigantes fuera. Dos banquillos bajo fuego. Un aviso brutal para cualquiera que se crea a salvo.

Tuchel lo tiene muy presente: “No hay ni un porcentaje de exceso de confianza en nuestro enfoque. Los partidos de octavos hablan un lenguaje muy claro. Son márgenes muy estrechos”. Sus palabras describen bien el clima del torneo. Japón llevó al límite a Brasil y solo un gol de Gabriel Martinelli en el descuento evitó otra sorpresa monumental.

El propio técnico alemán insiste en que esa tensión general puede incluso calmar a su equipo: si todos sufren, nadie puede relajarse. “Son partidos de márgenes mínimos. Puede ayudarnos a no sobreexigirnos. Los equipos llegan muy preparados. Es difícil para cualquiera derribar al rival”.

DR Congo, primer examen de carácter

En ese contexto, DR Congo se presenta como algo más que un rival teóricamente inferior. Es una prueba de madurez. Un examen de concentración. El tipo de partido que no da prestigio si se gana, pero que deja cicatriz si se pierde.

Inglaterra llega con un relato que seduce —la búsqueda del primer título desde 1966, el entrenador alemán obsesionado con los detalles, una generación cargada de talento—, pero también con una realidad tozuda: la defensa no transmite seguridad y el equipo depende demasiado de tres nombres propios. Harry Kane, Jude Bellingham y, sobre todo, Declan Rice.

Tuchel ha demostrado que no se casa con nadie en sus alineaciones, que rota, que ajusta, que protege cuando hace falta. A partir de ahora, ya no tiene margen para equivocarse. Cada decisión, desde elegir al lateral derecho hasta medir los minutos de Saka, puede marcar la frontera entre seguir escribiendo capítulos… o cerrar el libro de golpe.

En un Mundial que ya ha devorado a Alemania y a los Países Bajos, Inglaterra no puede permitirse ser el próximo gran titular inesperado. La historia que imagina Tuchel habla de gloria y de un trofeo que el país no ve desde hace casi seis décadas.

La pregunta es sencilla y brutal: con una defensa en el alambre y un mediocentro indispensable entre algodones, ¿tiene Inglaterra la solidez necesaria para que este “tercer capítulo” no sea también el último?