Matheus Cunha y la necesidad de ser un 'malo' en el fútbol
En el relato mediático del fútbol siempre hay un hueco reservado para el “demasiado bueno”. No el bueno de talento, sino el bueno de carácter. Ese jugador al que se le acusa de no tener la dureza suficiente, de ser blando, de no encajar en la caricatura del ganador despiadado. Esta semana, ese papel le ha tocado a Matheus Cunha.
A raíz del triunfo de Brasil ante Japón, parte de la prensa inglesa ha decidido que el delantero, ahora en el foco por su presente y futuro en Manchester United, “es demasiado buena persona” como para convertirse en el heredero natural de Neymar en la selección. El argumento nace de una escena tan simple como reveladora: Cunha se toma unos segundos para consolar a Ao Tanaka, abatido tras la eliminación japonesa, antes de unirse a la celebración de la Canarinha.
A partir de ahí, se construye una teoría: hay una “sensación general” de que le falta “grinta” para pasar de buen futbolista a gran futbolista. Que tiene talento, pero no la dureza. Que no será Vinicius Junior. Que no será Neymar. Que no será el hombre.
El contraste es llamativo. Cunha, al que en su día llegaron a sancionar por un incidente con un guardia de seguridad del Ipswich –un episodio que difícilmente encaja con la imagen de futbolista blando–, es ahora presentado como el chico demasiado amable para las cumbres del fútbol de élite. Un gesto de empatía se convierte en prueba de cargo. Como si consolar a un rival fuese incompatible con tener instinto asesino de área.
Y, al final, el veredicto: cuando Neymar se retire y entregue el testigo, “se lo dará a Vinicius Jr, no a Cunha”. Una conclusión obvia, por talento, jerarquía y presente competitivo, pero que se usa como remate de una idea mucho más cuestionable: que el problema de Cunha es que es “demasiado bueno”.
La doble vara con Kane y Bellingham
Mientras se disecciona el carácter de Cunha, en Inglaterra se sigue moldeando con mimo la narrativa alrededor de sus propias estrellas. Harry Kane, por ejemplo, es descrito como “el más humilde de los superestrellas”, pero al mismo tiempo se subraya que no marcaría tantos goles sin “una tozuda dosis de alta autoestima”.
La contradicción es evidente. Se sostiene que no tiene ego “en el sentido tradicional”, pero se le atribuye una fuerte autoconfianza. Ese matiz semántico sirve para vestir al goleador de siempre como un héroe casi aséptico, inmaculado, que compite con ferocidad pero sin caer nunca en el territorio de la “diva”.
Muy diferente es el trato hacia Jude Bellingham. Mientras a Kane se le protege con adjetivos amables, al centrocampista se le ha llegado a etiquetar como “solista divisivo”, “chico póster del mal humor”, “embajador de la petulancia” y “joven airado”. Misma selección, mismos focos, pero retratos radicalmente distintos.
El mensaje subterráneo es claro: hay futbolistas a los que se les permite tener carácter; a otros se les condena por lo mismo. Y en medio de ese juego de espejos, se encaja también a Cunha, juzgado no por lo que hace con el balón, sino por cómo abraza a un rival derrotado.
Nagelsmann, la etiqueta de “furioso” y la reportera
La necesidad de dramatizar no se limita a los jugadores. Alemania cayó en los penaltis ante Paraguay y el foco informativo se desplazó con rapidez hacia Julian Nagelsmann. Según una de las grandes cabeceras británicas, el seleccionador “estalló” ante una “reportera femenina” tras la eliminación.
La elección de palabras no es casual. En el cuerpo de la información, la periodista Lili Engels es descrita simplemente como “reportera”. El “femenina” aparece en el titular, junto a una foto en primer plano, para cargar de insinuaciones el episodio. No es lo mismo escribir que un entrenador responde con tensión a una pregunta incómoda que sugerir que “se encara con una mujer”.
Sin embargo, el propio vídeo del intercambio muestra otra cosa: un diálogo tenso, sí, pero propio de un técnico sometido a una enorme presión tras un fracaso público. Nada que justifique los términos “furioso” o “desatado”. Mucho menos la necesidad de subrayar el género de la periodista como si fuera un elemento central del suceso.
Cuando el adjetivo se impone al hecho, la realidad se deforma. Y el entrenador pasa de estar cuestionado deportivamente a ser presentado como un personaje casi agresivo, al borde del descontrol, perfecto para alimentar la especulación sobre su futuro y el supuesto interés de Jürgen Klopp en su puesto.
El peso del relato
De Brasil a Alemania, de Cunha a Nagelsmann, de Kane a Bellingham, el patrón se repite: el fútbol ya no se juega solo en el césped. Se juega también en la elección de cada adjetivo, en qué se subraya y qué se omite, en quién recibe comprensión y quién recibe etiquetas.
Un gesto de deportividad se convierte en prueba de debilidad. Una respuesta tensa se convierte en “estallido”. Un goleador con un evidente ego competitivo se reviste de humildad. Un joven líder se transforma en símbolo de mal humor.
En ese tablero, la pregunta no es si Matheus Cunha será algún día Vinicius Junior. Esa comparación ya nace torcida. La cuestión es otra: cuánto condicionará este tipo de relatos la percepción pública de los futbolistas y, con ella, la paciencia de clubes, selecciones y aficionados cuando lleguen los momentos de verdad.






