Messi, Diego y el futuro del Mundial con 64 selecciones
La semana final de un Mundial siempre tiene un silencio extraño. Tres días sin fútbol, pero con ruido en todas partes: en los bares medio vacíos, en los aeropuertos llenos de camisetas, en los debates sobre formatos imposibles y en las eternas comparaciones entre genios. El balón descansa, la conversación no.
Messi, Diego y la vara imposible
Hay partidos que no son solo partidos. Un cruce con Argentina en un Mundial siempre arrastra fantasmas, recuerdos y comparaciones imposibles. Lionel Messi, para muchos el mejor de todos los tiempos por pura continuidad y longevidad, sigue persiguiendo ese último capítulo perfecto con su selección. Pero cada vez que se habla de él, aparece otro nombre: Diego Armando Maradona.
Lo que hizo Diego en México 86 no fue solo un torneo perfecto; fue una distorsión de la realidad. Durante aquel mes, y en la temporada posterior con el primer scudetto del Napoli, llevó el juego a un nivel que casi nadie ha vuelto a rozar. Aquel segundo gol a Inglaterra, el de la carrera interminable, dio la impresión de que eso —un solo jugador pasando por encima de todo lo que se le ponía delante— podía ser algo relativamente normal. Era una ilusión. Solo Diego logró que el fútbol, un deporte de equipo, pareciera durante un tiempo un juego individual.
Messi ha construido otra clase de grandeza: la de la repetición, la del genio que aparece año tras año, torneo tras torneo. Diego, en cambio, comprimió la eternidad en un puñado de partidos. Dos formas de marcar una era. Dos sombras que se alargan sobre cualquier Argentina que se asome a un Mundial.
Inglaterra, Francia, España, Argentina: ¿quién frena a la máquina?
Mientras tanto, la gran pregunta deportiva sobrevuela: ¿quién puede detener a la Francia actual? Sobre el papel, España parece la selección mejor armada para hacerlo. Con Rodri recuperando sensaciones previas a su lesión, el centro del campo vuelve a tener mando y criterio. Pero los españoles necesitan más de Lamine Yamal, que todavía no parece al cien por cien. Sin su desequilibrio constante, el plan pierde filo.
Inglaterra, por talento y piernas, tiene recursos para correr más que Francia en la medular. El problema está atrás. La defensa inglesa ofrece dudas, y ante un equipo que castiga cada error, la sensación es que, tarde o temprano, la estructura se resquebraja. La discusión sobre nombres propios no ayuda.
John Stones, por ejemplo, genera debate. Como futbolista, pocos dudan de su calidad. Como defensor puro, su falta de velocidad ante atacantes como Julián Álvarez o Lautaro Martínez podría convertirse en un problema serio. Y dejarle la tarea de seguir a Messi, si se cruzan con Argentina, parece una apuesta temeraria. El talento está, la zaga no termina de convencer.
Argentina, por su parte, se sostiene en Messi y en el oficio competitivo que el equipo ha ido adquiriendo. Pero el centro del campo no intimida como el de otras grandes candidatas. Ante una Francia que domina las zonas clave del campo con potencia y calidad, la sensación es que le falta algo para imponerse en ese sector.
Portugal, un Ferrari conducido con freno de mano
Y en medio de todo esto, aparece Portugal como uno de los grandes enigmas del torneo. Sobre el césped, un centro del campo de dos campeones de Europa, con Bruno Fernandes por delante. Sobre el banquillo, Roberto Martínez. La pregunta cae sola: ¿cómo es posible que un equipo con ese talento juegue tan poco, y con tan poca alegría?
Dejar fuera a Bernardo Silva o sentar a Bruno Fernandes rara vez es la solución a un problema. Bruno, en particular, necesita tiempo en el campo. Es un futbolista que insiste, que prueba, que falla y vuelve a intentarlo. Si se le recortan veinte minutos, se reduce también la probabilidad de que aparezca la jugada que cambia el partido. Y si además se le obliga a bajar demasiado a recibir del cuarteto defensivo, se le aleja de la zona donde realmente marca diferencias.
La sensación es de desperdicio. Un coche de alta gama circulando en segunda, con miedo a pisar el acelerador.
Ahí muchos imaginan otro escenario: José Mourinho al mando de esta generación. No llegó. En vez de dar el salto a la selección, el portugués se prepara para una segunda etapa en el Real Madrid, un regreso que promete ruido, tensión y titulares. Será espectáculo, seguro, pero las expectativas deportivas no son desbordantes. Con Portugal, al menos, difícilmente podría haber ofrecido menos de lo que se ha visto con Martínez.
Tuchel, Bellingham y un roce que no debería ir a más
En un fútbol cada vez más expuesto, cualquier gesto se convierte en caso. El cruce de palabras y emociones entre Thomas Tuchel y Jude Bellingham encendió las redes y los programas de debate. Sin embargo, todo apunta a que el asunto quedará en nada.
Los dos son profesionales obsesionados con ganar. Se necesitan mutuamente. Lo que dijeron, lo dijeron con la adrenalina al máximo y el alivio aún fresco. Es difícil imaginar que el enfado dure más allá de unas horas. Si es que realmente llegó a haber un enfado real y no solo un choque de carácter en caliente.
El Mundial que se viene: 64 selecciones y un mundo más grande
Mientras el balón no rueda, la FIFA ocupa el hueco con su idea favorita: expandir. El plan de llevar el Mundial a 64 selecciones provoca rechazo instintivo. Más partidos, más sedes, más negocio. Pero, al mismo tiempo, la realidad deportiva es menos clara de lo que parece.
La distancia entre la selección número 48 del ránking y la 64 no es abismal. El salto de calidad no se desploma de golpe. Un Mundial ampliado permitiría, además, recuperar un formato más limpio: solo los dos primeros de cada grupo avanzarían. Adiós a los terceros clasificados que sobreviven ganando solo al rival más débil. Adiós a la sensación de torneo hinchado en el que se disputan 72 partidos para eliminar apenas a 16 equipos.
El campo se abriría a más países, más estilos, más historias. Las fases finales ganarían en claridad competitiva. El problema no está tanto en el juego como en el mapa.
Porque un Mundial de 64 selecciones exige algo que pocos países pueden ofrecer: estadios suficientes, hoteles, centros de entrenamiento, estructura mediática. No se trata solo de césped y gradas. Hablamos de una ciudad deportiva global multiplicada por cuatro. Si el modelo se consolida, el riesgo es evidente: que el torneo quede en manos de un puñado de países con músculo económico y logístico, mientras el resto mira desde fuera.
La expansión, curiosamente, hace el torneo más inclusivo en el césped y potencialmente más excluyente fuera de él.
Bares llenos, bares vacíos: la otra cara del Mundial
Lejos de los despachos, el Mundial se mide también en cajas registradoras. Hay pubs que viven cada gran torneo como un salvavidas económico. Esta vez, no todos están flotando.
El Shovel Inn, en Stourbridge, el pueblo donde nació Jude Bellingham, ofrece una imagen cruda. Su dueño, Steve Hopkins, se marcha del negocio tras el torneo. Ha vivido seis Copas del Mundo detrás de la barra y casi todas habían sido una bendición. Esta no. La gente llega tarde, o no llega. Donde antes el local se llenaba horas antes de un partido, ahora la afluencia es irregular. La pandemia cambió costumbres: más sofás, menos taburetes; más pantallas en casa, menos pintas en grupo.
Para un bar como el suyo, una buena noche significaba unos 3.000 libras de recaudación. Hoy, si alcanza 1.000 en una semifinal con buen horario, se da por satisfecho. El ambiente que el fútbol promete no siempre se traduce en números. Y cuando se apaga la pantalla, las cuentas siguen ahí.
La locura de los aficionados: vuelos, hijos y un último baile
En el otro extremo del espectro emocional está el hincha que lo arriesga casi todo por estar. Un seguidor inglés decidió jugarse el tipo —y el presupuesto familiar— reservando entradas para la semifinal antes de saber siquiera si Inglaterra estaría allí.
Cinco hijos, otro en camino, vuelos desde Manchester a Atlanta vía París, hotel junto al estadio, precios desorbitados. Autorización de su pareja y un clic definitivo. Después, noventa minutos vistos entre los dedos, la voz perdida y un niño de ocho años, Digby, que no acaba de creer que va a ver a Inglaterra y quizá el último partido de Messi con su selección. No hay gráfico económico que mida eso. Son decisiones que se explican solo desde el lugar donde el fútbol se mezcla con la biografía.
Un mundo de amistades cruzadas
El fútbol moderno también ha cambiado la forma en que los jugadores se relacionan. El viejo mandato de “meterle caña” al rival se cruza ahora con la realidad de las ligas globales, los vestuarios mixtos y las amistades forjadas a miles de kilómetros de casa.
Un jugador de cricket inglés contaba que se negó a atacar verbalmente a un rival porque, tras compartir vestuario, se habían hecho amigos. Ese mismo fenómeno se ve en el fútbol y en la NBA: piques, sí, pero también camaradería entre camisetas de clubes distintos. No desaparece la rivalidad, se transforma. El filo sigue ahí, pero el odio se diluye.
Entre Spence, Reece James y un lateral izquierdo ausente
En la pizarra, los seleccionadores siguen buscando matices. Spence se ha ganado fama de revulsivo interesante: ofrece una amenaza distinta, un desafío físico constante por su velocidad y su obsesión por atacar el espacio a la espalda. Ante Argentina, la apuesta lógica parece ser Reece James en el lateral derecho, con Nico O’Reilly en la izquierda. Sin embargo, hay quien pondría por delante a Lewis Hall o Luke Shaw, si no fuera porque ambos están en casa.
Son detalles que pueden decidir un partido grande. Un lateral que rompe al espacio, un extremo que no ayuda en defensa, un uno contra uno mal gestionado. En cruces de este calibre, el margen de error se reduce a la mínima expresión.
Un Mundial más grande, un juego igual de pequeño: la pelota
Entre debates sobre formatos, entrenadores que desaprovechan plantillas brillantes, bares que cierran y aficionados que cruzan océanos, el Mundial avanza hacia un futuro inevitablemente más grande. Más selecciones, más partidos, más historias.
La pregunta es si el torneo conservará esa sensación de excepcionalidad, de mes casi sagrado en el que el mundo parece girar alrededor de un balón. O si, en la búsqueda de un espectáculo cada vez más vasto, acabará perdiendo precisamente aquello que lo hace irrepetible.
La respuesta, como siempre, llegará donde todo empieza y termina: en el césped.






