Antoine Griezmann: récord y despedida en el Metropolitano
El Metropolitano no se vació tras el 1-0 de Atlético de Madrid ante Girona. Nadie se movía. No era un partido más. Era la noche en la que Antoine Griezmann, el máximo goleador de la historia del club, se ponía frente a un micrófono para saldar cuentas con su pasado y cerrar, por fin, el círculo con la grada que primero lo idolatró, luego lo silbó y acabó volviendo a abrazarlo.
El francés, con 35 años y la voz quebrada, pidió algo más que unos segundos de atención. Pidió perdón.
“Gracias a todos por quedaros. Esto es increíble”, arrancó, mirando a los cuatro costados del estadio. Y fue directo al punto que llevaba siete años flotando sobre su figura: su marcha al Camp Nou por 120 millones de euros. “Sé que muchos ya lo habéis hecho, y algunos todavía no, pero pido perdón otra vez por irme al Barcelona. No me di cuenta del amor que tenía aquí. Era muy joven y cometí un error. Volví en mí y lo dimos todo para volver a disfrutar la vida aquí”.
No hubo silbidos. Solo aplausos. Largos. Profundos. De reconciliación.
Un palmarés brillante… con una espina rojiblanca
Griezmann se marcha con una Europa League y un Mundial con Francia en la mochila. Títulos enormes. Sin embargo, la conversación en torno a su etapa en el Atlético siempre tuvo dos ausencias pesadas: no levantó ni LaLiga ni la Champions con la camiseta rojiblanca.
El propio delantero no esquivó ese vacío, pero lo colocó en su sitio. “No he podido traer una Liga o una Champions, pero este amor vale más”, lanzó, en uno de los momentos más emotivos de la noche. “Me lo llevo conmigo para el resto de mi vida”.
En las gradas, miles de aficionados que lo habían visto crecer, irse, volver y reconstruirse respondieron con una ovación cerrada. No solo despedían al futbolista de los 212 goles. Despedían al jugador que también regaló 100 asistencias, al líder silencioso que se reinventó una y otra vez para encajar en cada versión del equipo de Diego Simeone.
Simeone y Griezmann, una sociedad que marcó una era
El técnico argentino no escondió su admiración. Lo definió como “probablemente el mejor jugador que hemos tenido aquí”. Una frase contundente en un club que ha visto pasar a leyendas de todo tipo. Pero, esta vez, las flores fueron de ida y vuelta.
“Gracias a ti hay tanta ilusión en este estadio”, le devolvió Griezmann, señalando al banquillo. “Gracias a ti me hice campeón del mundo y me sentí el mejor del mundo. Te debo muchísimo, ha sido un honor pelear por ti”.
En esas pocas líneas se resumió una relación compleja, exigente, pero determinante. Simeone moldeó a un extremo fino que deslumbraba en Real Sociedad y lo convirtió en un atacante total, capaz de presionar, asociarse, asistir y decidir finales. Griezmann, a cambio, le dio al entrenador un futbolista de élite mundial dispuesto a sacrificarse como un canterano más.
La última función: partido 500 y asistencia decisiva
El guion de la noche parecía escrito. Partido 500 con la camiseta del Atlético. Victoria 1-0. Y, cómo no, participación directa en el gol. Griezmann sirvió la asistencia para que Ademola Lookman firmara el tanto del triunfo. Una acción más en la larga colección de intervenciones decisivas del francés, pero con un peso simbólico enorme.
De aquel extremo delgado que apareció en Primera con la camiseta de Real Sociedad a este líder maduro que se marcha como el máximo goleador de la historia rojiblanca hay un océano de evolución. Y casi todo ese viaje se escribió en el césped, bajo la mirada de una afición que pasó de la devoción a la decepción y, finalmente, a la reconciliación total.
Un adiós con destino Orlando
La historia todavía tiene un epílogo inmediato: Griezmann apunta a tener minutos en el último partido de la temporada, en el campo de Villarreal. Será, salvo giro inesperado, su última aparición con la camiseta del Atlético antes de cruzar el Atlántico.
El francés ya ha alcanzado un acuerdo para unirse a Orlando City como agente libre. Le espera la MLS, una nueva vida, otro ritmo, otro escaparate. Se va con 212 goles, 100 asistencias y un legado que ya no admite discusión: se marcha como leyenda indiscutible del club.
Durante años, su nombre estuvo acompañado por un asterisco en la memoria del aficionado rojiblanco. Hoy, ese asterisco se ha borrado. Queda el jugador. Queda el arrepentimiento hecho palabra. Y queda una pregunta inevitable: ¿cuánto tiempo pasará hasta que el Metropolitano vuelva a ver a un futbolista que deje una huella como la de Antoine Griezmann?






