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Irán en el Mundial: Tensión política y presión en el campo

Pocas veces una selección ha llegado a un Mundial con tanto peso político sobre los hombros como Irán.

Hasta esta misma semana, el país anfitrión, Estados Unidos, estaba en guerra con la República Islámica. El telón de fondo no es una simple tensión diplomática: es un conflicto abierto que hasta el domingo mantenía cerrado el Estrecho de Ormuz y en vilo a medio planeta.

El domingo se anunció un acuerdo para detener las hostilidades y reabrir el paso estratégico. Alivio, sí. Calma, no. El ambiente sigue cargado.

“Este tipo de tensión socava la alegría del Mundial”, admite el delantero Mehdi Taremi. “Sentí la tensión desde el primer momento en que llegamos. Empezó incluso antes de que viniéramos”.

Un Mundial con maletas en la mano

La preparación de Irán ha sido una mudanza constante. Primero, un plan: base en Tucson, Arizona. Después, la realidad: problemas de visados, dudas de seguridad, un clima político cada vez más enrarecido alrededor de la presencia del equipo en suelo estadounidense.

Resultado: cambio de rumbo a última hora hacia Tijuana, ciudad fronteriza mexicana. Nuevo hotel, nuevos campos de entrenamiento, nuevos controles, nuevas preguntas.

El seleccionador, Amir Ghalenoei, lo resume con frialdad, pero sin disimular el desgaste. “Sin ninguna duda, este tipo de comportamiento ha impactado en el espíritu del fútbol”, explica a la BBC. “El fútbol se supone que une naciones y culturas. Se trata de traer alegría. Estas condiciones han afectado a nuestra concentración, pero he intentado que los jugadores se enfoquen en la estrategia y el rendimiento”.

Llegaron tarde. Con poco margen para adaptarse. Sin la burbuja de tranquilidad que suelen exigir los grandes torneos.

“Pero sé lo comprometidos que están estos jugadores con rendir”, añade el técnico, casi como un recordatorio interno al vestuario.

De Teherán a “Tehrangeles”

El debut será en Los Ángeles, una ciudad con un apodo que lo dice todo: “Tehrangeles”. Cuando alguien lo menciona en la rueda de prensa, tanto Taremi como Ghalenoei esbozan una sonrisa. Dura poco.

El lunes, en el SoFi Stadium, Irán abrirá su Mundial ante Nueva Zelanda. En las gradas habrá miles de iraníes. Muchos no irán a aplaudir, sino a protestar.

La decisión de la FIFA de prohibir la bandera del León y Sol —emblema previo a la revolución de 1979 y símbolo cargado de significado para buena parte de la diáspora— ha encendido aún más los ánimos.

“No vienes a Los Ángeles a decirnos que no podemos ondear la bandera del León y Sol”, replica la activista Arezo Rashidian, una de las organizadoras de las manifestaciones a las puertas del estadio. “Esta es la comunidad iraní más grande fuera de Irán. Muchos vinimos aquí después de la revolución. Nos oponemos a la prohibición de la FIFA y estamos en solidaridad con el pueblo de Irán”.

En buena parte de esa diáspora, el régimen es el enemigo. Y la selección, a ojos de muchos, su escaparate.

“Es lamentable que el régimen convierta a los deportistas en portavoces”, dice Rashidian. “Queremos que los deportistas sigan siendo deportistas”.

Aun así, ella y muchos otros estarán en la grada. Protesta en una mano, apoyo emocional en la otra.

“Entendemos la presión que sufren”, explica. “Llevaremos nuestros colores. Animaremos a Irán, al país, tomado como rehén por la República Islámica”.

Un vestuario atrapado entre tres frentes

Mientras fuera se organizan marchas y consignas, dentro del vestuario se intenta levantar un muro: solo fútbol.

“Como jugadores de la selección nacional, jugamos por cada iraní, esté en la diáspora o en Irán”, afirma Taremi. “En todos los países hay opiniones diferentes. Estamos aquí para unir a la gente y traer alegría. Todo el mundo tiene derecho a su opinión. Nosotros no nos metemos en política”.

Ese es el ideal. La teoría. El escudo que esgrimen los futbolistas cada vez que los focos apuntan más allá del césped.

La práctica pinta otra cosa. Desde hace meses, para esta selección el balón casi parece un elemento secundario. Cada rueda de prensa, cada desplazamiento, cada decisión logística se convierte en un recordatorio de que este Mundial no se juega solo en el campo.

“No hay forma de que la selección de Irán salga ganando”, analiza el periodista de investigación Samindra Kunti. “Dadas las circunstancias, la presión política, la localización de los partidos y la diáspora en Los Ángeles, están bajo una presión enorme”.

“Es imposible evitar la política. Todo se convierte en un recordatorio de su situación”.

Presión desde casa, donde el régimen vigila cada gesto. Presión desde el país anfitrión, recién salido de un conflicto abierto con Teherán. Presión desde las gradas, llenas de compatriotas que ven en el equipo tanto una esperanza como un altavoz incómodo.

Y todo eso, antes de que ruede el balón en el SoFi Stadium. La pregunta ya no es cómo jugará Irán su primer partido del Mundial, sino cuánto fútbol podrá quedar en medio de semejante tormenta.

Irán en el Mundial: Tensión política y presión en el campo