El último baile de Neymar: homenaje o decadencia en Brasil
La decisión de Carlo Ancelotti de incluir a Neymar en la lista de Brasil para el Mundial 2026 ha abierto una grieta profunda en el debate futbolero. Tres años después de su última aparición con la Seleção, el regreso del ya veterano delantero, con 34 años, se celebró al principio como un acto de justicia emocional. El ídolo de siempre, una última función, la promesa de un “último baile”.
Pero el romanticismo duró poco. Entre analistas y exjugadores empiezan a imponerse las dudas. No sobre lo que fue Neymar, sino sobre lo que aún puede ser.
Dugarry enciende la polémica
Uno de los críticos más duros no viene de Sudamérica, sino de Francia. Christophe Dugarry, campeón del mundo en 1998, ha cargado con fuerza contra el contexto que rodea al regreso del brasileño. No cuestiona solo la decisión deportiva. Cuestiona el espectáculo que se ha montado alrededor.
Dugarry lo ha definido sin rodeos como un “freak show”. Un circo. Una falta de respeto tanto al legado del jugador como al peso histórico de la camiseta de Brasil.
“Estas celebraciones no son genuinas. Percibo una burla profunda detrás de la convocatoria de Neymar. Empiezo a escuchar cosas como: ‘Se lesionará antes incluso de que empiece el torneo’ o ‘Ha ganado peso’. Creo que mucha gente lo está convirtiendo en una especie de espectáculo grotesco. Me molesta. Neymar está contribuyendo a eso”, lanzó el francés en RMC Sport.
El diagnóstico va más allá de la figura del 10. Para Dugarry, el regreso de Neymar tras una larga ausencia y problemas físicos recientes no es un gesto de nostalgia, sino el síntoma de algo más grave en la pentacampeona del mundo.
¿Neymar como símbolo de un Brasil menor?
El francés apunta al corazón del proyecto. Si Brasil, con toda su historia y su inagotable cantera, vuelve a apoyarse en un futbolista castigado por las lesiones y lejos de su pico, es porque algo se ha roto en el camino.
“No creo que sea una buena idea. Convocar a Neymar demuestra lo bajo que ha caído Brasil. Pensar que Neymar es un jugador más es una ilusión. No estoy convencido de que este chico pueda aportar todavía algo a este equipo”, remató Dugarry.
El mensaje es demoledor. No discute el talento, sino la pertinencia. En su lectura, la convocatoria no responde a una planificación sólida, sino a la nostalgia, al peso del nombre, a la incapacidad de cerrar una etapa que se alarga desde hace una década.
Mientras unos ven una última oportunidad para que Neymar se reconcilie con la historia, otros leen en su nombre la prueba de que el relevo generacional no ha cuajado como se esperaba.
Entre la emoción y la exigencia
La realidad deportiva de Neymar alimenta el debate. Llega tras una larga travesía fuera del foco internacional, arrastrando dudas físicas y con una carga de expectativas descomunal. Cada paso será observado. Cada gesto, diseccionado.
El contraste es brutal: por un lado, la imagen del genio que deslumbró con Barcelona y Paris Saint-Germain; por otro, la del jugador al que muchos ya dan por amortizado en la élite. Entre ambos extremos se mueve ahora la conversación.
Mientras tanto, Ancelotti se mantiene firme en su apuesta. Para el técnico italiano, la experiencia, el talento diferencial y la capacidad de desequilibrio en partidos cerrados siguen teniendo un valor que compensa los riesgos. El tiempo dirá si se trata de una lectura brillante o de una concesión al pasado.
La cuenta atrás en Granja Comary
El escenario del juicio será, primero, Granja Comary. El 27 de mayo, la selección se concentrará en el histórico centro de entrenamiento, con Neymar como foco inevitable. Ahí empezará su examen diario: cómo se entrena, cómo se mueve, cómo responde su físico.
Cuatro días después, el 31 de mayo, Brasil se medirá a Panamá en el Maracaná, un amistoso que no tendrá nada de amistoso para él. Cada control, cada regate, cada carrera será interpretada como señal de resurrección o confirmación del declive.
Después, la expedición pondrá rumbo a Norteamérica. Allí espera el verdadero escenario: el Mundial. En el Grupo C aguardan Marruecos, Haití y Escocia. Un grupo engañoso, con un rival de peso creciente como Marruecos, una selección incómoda como Escocia y un Haití que puede jugar sin nada que perder.
En ese contexto, la figura de Neymar se agranda. Si responde, Brasil gana un líder y un argumento. Si se queda corto, la crítica no solo caerá sobre él, sino sobre la visión de quienes decidieron devolverle el centro del escenario.
El balón, de momento, está en sus pies. La pregunta es si este “último baile” será una ovación de pie o el capítulo final de una historia que Brasil no se atreve a cerrar.






